VERTEX - Revista Argentina de Psiquiatría
  Nº150- Volumen XXXI
Marzo / Abril 2020

  • SUMARIO:
      • Formas psicóticas del Trastorno obsesivo-compulsivo.Esteban Toro Martínez      Leer Resumen

      • Definición de treinta indicadores de calidad para sistemas locales de Salud Mental en el sector privado.Martín Agrest, Martín Nemirovsky      Leer Resumen

      • Síndrome de Asperger. Criterios diagnósticos y cuadro clínico.Ernesto Wahlberg      Leer Resumen

      • La era de los axolotls. Algunas especulaciones respecto a las modificaciones neurobiológicas durante la adolescencia.Fabian J. Triskier      Leer Resumen

      • Antidepresivos y suicidalidad: primum non nocere.Patricio Alba, Daniela Dominguez, Andrés Schteingart      Leer Resumen

      • Apuntes para un análisis epistemológico de algunos problemas de la psiquiatría contemporánea.Santiago A. Levín      Leer Resumen

      • El concepto de recuperación: la importancia de la perspectiva y la participación de los usuarios.Martín Agrest, Ivana Druetta      Leer Resumen

      • El Positivismo en Argentina y su proyección en Latinoamérica. Norberto Aldo Conti      Leer Resumen

      • Fisiopatogenia en Psiquiatría: ¿descubrimiento, construcción o descubrimiento + construcción? El “caso” de la depresión.Silvia Wikinski      Leer Resumen

      • Evolución de los antipsicóticos y de su uso en el tratamiento de la esquizofrenia. ¿Qué hay de nuevo, viejo?.Gabriela Silvia Jufe      Leer Resumen

      • Tratamiento psicofarmacológico del proceso suicida.Alexis Mussa      Leer Resumen

      • Espacio Abierto de la Asociación Civil La Casona de los Barriletes. Programa de apoyo a jóvenes en procesos de externación o egreso institucional y en sus recorridos de inclusión social.Juan José Costa, Juan Pablo Mattarucco      Leer Resumen

      • Evolución histórica y conceptual de los trastornos psicóticos no esquizofrénicos en los DSM.Federico Rebok      Leer Resumen

      • Esquizofrenia: datos recientes, perspectivas futuras.Eduardo A. Leiderman      Leer Resumen

      • Pigliatría (o qué nos enseña Ricardo Piglia a los psiquiatras). Apuntes para una psiquiatría basada en narraciones.Daniel Matusevich      Leer Resumen




  • EDITORIAL

    Al cabo de tres décadas del inicio de su aparición, cuando mucha tinta y papel han corrido “bajo los puentes” de nuestra revista -150 números, alrededor de 12.000 páginas conteniendo unos 1500 artículos de cerca de 2500 autores…- nos parece un ejercicio necesario hacer un recordatorio de la trayectoria de Vertex.

    Durante los últimos meses de 1989, en medio de los conflictos que atravesaba la democracia recuperada en la Argentina; después de los años de plomo en los que había sumido la dictadura a nuestro país y a nuestra profesión, con sus detenidos-desaparecidos, sus exiliados, internos y externos, sus presos y su crisis moral y económica, en una fraternal coincidencia con Dominique Wintrebert, quien asumió la tarea de difundirla y obtener contribuciones en Europa, tomamos la decisión de fundar esta revista.

    Ambos veníamos colaborando en el exilio argentino publicando trabajos en el órgano de los psiquiatras de hospitales de Francia, L’Information psychiatrique, en homenaje a los colegas detenidos-desaparecidos y a los efectos del Terrorismo de Estado sobre el campo de la Salud Mental en nuestro país.

    Poco después Daniel Spiguel se sumó a la iniciativa, aportando ideas de diseño y contenidos literarios que contribuyeron a darle un perfil original a la revista.

    El primer número de Vertex se presentó al conjunto de nuestros colegas en el IV Congreso Argentino de Psiquiatría, organizado por la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA), que se celebró en la ciudad de Rosario del 17 al 19 de agosto de 1990.

    El mundo venía de presenciar, apenas un año y medio antes, un acontecimiento extraordinario: la caída del Muro de Berlín, ocurrida el 9 de noviembre de 1989.

    Una nueva configuración del poder a nivel planetario se comenzó a delinear. Estados Unidos surgía como el ganador de la Guerra Fría, y las utopías socialistas “llegaban a su ocaso”. Se anunciaban la “muerte de las ideologías” y el fin de la historia (Fukuyama dixit). El modelo neoliberal del reagan-tatcherismo parecía no tener rival, y solo quedaba rebuscarse un lugar en el Mundo Uno porque el planeta entraba inexorablemente en la era de la globalización y se presentaba como imprescindible alinearse como mejor se pudiera en la cultura del llamado “pensamiento único”, cuyo centro indiscutido estaba en el país del norte.

    En la Argentina apareció, con el “menemismo”, la versión local de esa opción para completar, ahora en etapa de democracia, renga pero democracia al fin, el plan del ministro de Economía de la dictadura José Alfredo Martínez de Hoz. Salíamos de la experiencia de la hiperinflación que marcó el fin del gobierno del presidente Raúl Alfonsín, comenzó el desguace final del Estado Benefactor bajo el que habíamos vivido desde mediados del siglo pasado, y pareció sepultarse el recuerdo y los castigos a los responsables de la dictadura del ´76, a ritmo de puntos finales y amnistías. En el marco de esos avatares económicos, políticos y sociales, como decíamos antes, nació Vertex.

    Simultáneamente, en el campo específico de la psiquiatría se producían acontecimientos mayúsculos. El 17 de julio de 1990 el entonces presidente George W. Bush lanzó el proyecto “Década del cerebro”. Dicha iniciativa, públicamente presentada bajo el patrocinio del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) de los EE.UU., tenía como objetivo primordial hacer efectiva la resolución 174 del Congreso norteamericano, cuyo tema central era el fortalecimiento de una toma de conciencia general sobre los beneficios del estudio científico del cerebro.

    La resolución presidencial, con la que Bush proclamó la “Década del cerebro”, se apoyaba, según sus autores, en cuatro puntos principales: 1) el incremento en la aparición de enfermedades cerebrales y mentales de tipo degenerativas, psicotraumáticas y congénitas; 2) los avances tecnológicos en microscopía y neuroimagenología; 3) los avances conceptuales en la comprensión de algunos procesos patológicos, así como en el desarrollo de algunas ciencias básicas, por ejemplo, la genética o la bioquímica; y 4) los avances en disciplinas intermedias como la biología molecular y la genética molecular. Se hacía referencia también, en ese documento, a la extensión de la drogadicción y al impacto que el conocimiento de las relaciones entre los sistemas nervioso, endocrino e inmune podía entrañar para la comprensión del funcionamiento cerebral. En suma, una oda al reduccionismo biológico radical de los trastornos mentales, que se había vuelto hegemónico en la psiquiatría norteamericana y extendido su influencia urbi et orbe, desde la aparición del DSM III en 1980 y el vertiginoso crecimiento de la industria psicofarmacológica y aparatológica en esos años.

    El lanzamiento de ese programa encontró a nuestra especialidad sumida en los avatares de una crisis de su paradigma. En efecto, en el paisaje de la psiquiatría despuntaba una propuesta surgida particularmente en algunos centros académicos norteamericanos y sostenida por los miembros de la corriente dominante en el seno de la American Psychiatric Association (APA). Enancado en esos acontecimientos el colegio invisible del que hablaba Gerald Klerman en 1978 iba imponiendo sus postulados.

    Esa manera de proponer un nuevo paradigma a nuestra especialidad se dio en el contexto de varios fenómenos heterogéneos, confluyentes y sinérgicos: 1) las transformaciones mundiales y locales que venimos de enumerar sucintamente, 2) la declinación de la influencia del psicoanálisis en nuestra especialidad y, por ende, del paradigma de la psiquiatría dinámica, 3) la aplicación por parte de la industria farmacéutica de grandes inversiones en la producción de la segunda generación de psicofármacos que incluyó una poderosa campaña de propaganda hacia los especialistas y que comenzó a tener un peso mayúsculo en la agenda de la psiquiatría, 4) la psiquiatría norteamericana, beneficiándose de la predominancia de su país en el concierto mundial, reemplazó a la europea (particularmente a la francesa y a la alemana) en el rol de centro dominante en la génesis del pensamiento en la especialidad: para estar in era imprescindible asistir a los congresos de la American Psychiatric Association (APA) y leer el American Journal of Psychiatry y otras revistas norteamericanas, 5) los lineamientos propuestos por el proyecto de la “Década del cerebro” y la difusión de la psicología cognitivo-comportamental fueron alcanzando una difusión y adherencia crecientes, 6) la neurobiología reemplazó a la psicopatología en el interés primordial de numerosos psiquiatras, 7) el modelo biomédico llegó a la psiquiatría después de un siglo de haber avanzado hegemónicamente sobre el resto de la medicina, 8) el gerenciamiento de la salud apareció como el modelo más racional para gestionar el par salud/enfermedad, entendiéndolo como una mercancía y no como un derecho; y, en consecuencia, en la Argentina, fue “anemizado” el sistema público de salud, se descentralizó el Ministerio de Salud, se disolvió la Dirección Nacional de Salud Mental y, por ende, no hubo más posibilidad de conducir políticas nacionales en el área, 9) las empresas de medicina pre-pagas empezaron a captar su clientela entre los miembros de la clase media argentina constituyéndose en la salida laboral obligada de los jóvenes profesionales, 10) apareció el DSM-III y se tradujo su siguiente versión, el DSM-III-R, al castellano; la primera edición, de 1988, tuvo, inicialmente, poca difusión en nuestro país, pero enseguida se produjo un interés masivo en la nueva clasificación en toda la región de habla hispana, lo que condujo a la reimpresión de la obra en 1989, 1990 y 1992, en tiradas cada vez mayores y 11) para la formación de los psiquiatras ya no fue prioritario el conocimiento de la psicopatología porque el “saber de prestigio” se desplazó a los cursos de psicofarmacología, neurobiología y psiconeuroinmunología…

    El proyecto de orientación más progresista que se había intentado retomar en la post-dictadura durante los años del alfonsinismo, desde la entonces existente Dirección Nacional de Salud Mental, en gran medida inscripto en la nueva doctrina de la Salud Mental atravesada por una antipsiquiatría de inspiración basagliana, se vio frustrado por diversas razones.

    En ese contexto ¿cuáles fueron los principios e ideas que fundamentaron la aparición de Vertex? Quizás se puedan sintetizar en lo que anunciaba la primera nota Editorial de la revista: “Nacida del esfuerzo de un grupo de psiquiatras, esta revista es la realización de un deseo y la expresión de una necesidad colectivos: crear un espacio nuevo en el seno de la psiquiatría argentina”.

    Nuestra intención era retomar, actualizándolas, las mejores tradiciones de la especialidad, recuperando la identidad de la psiquiatría tan vapuleada en nuestro medio al reducirla, no sin razón en muchos casos, al encierro en los hospicios.

    Pretendíamos acentuar los enfoques de la psiquiatría dinámica, social y comunitaria heredera de las experiencias de las décadas de los ‘60 y ‘70, cuyas figuras emblemáticas eran el “Lanús” de Goldenberg, las enseñanzas de Pichon Rivière, el psicoanálisis institucional, y las psicoterapias breves, las múltiples experiencias innovadoras como la de Colonia Federal, la del Hospital “Estévez”, la del hospital Carolina Tobar García, etc., que habían sido barridas por la dictadura; sin descuidar los aportes de la psicofarmacología y los nuevos conocimientos provenientes de las neurociencias en la explicación del correlato biológico de ciertos aspectos de las enfermedades mentales.

    Alentábamos, así, el firme propósito de contribuir a sostener una resistencia y propender al diseño de una propuesta alternativa a la nueva versión del reduccionismo biológico radical que comenzó a ganar adeptos a partir de la “Década del cerebro”. El itinerario y las ideas que la alimentaron pueden seguirse en la secuencia de las notas editoriales y apreciarse en la selección y calidad de los contenidos que fueron apareciendo a lo largo de los años.

    Con ese cometido proyectamos una publicación: “Abierta a las distintas orientaciones que atraviesan el campo psiquiátrico, [que] pretende ser un lugar de confrontación, de memoria y de enseñanza”. Enfatizamos lo de “enseñanza”, ya que, sumidos en la crisis paradigmática en la que se encontraba la especialidad, pensamos que era importante posicionarla también como una herramienta de aprendizaje y toma de posición para las nuevas generaciones de psiquiatras.

    Asimismo, reivindicamos nuestra condición de especialidad médica desde el inicio. No desconocíamos el anclaje en el cuerpo de las emociones y de las conductas humanas y por eso abríamos cada número con la sección: "Revista de experiencias clínicas y neurociencias", en la que pretendíamos que se publicaran “… trabajos centrados sobre la práctica clínica y la incidencia de las neurociencias sobre ella”. Léase bien: primero la clínica, y luego, para explicar sus fenómenos, los conocimientos positivos que pudiera presentar la investigación neurocientífica en relación al correlato orgánico de los mismos.

    La segunda sección, el "Dossier", la imaginamos como una suerte de mesa redonda, un espacio en el que el lector encontrara plasmadas diversas posiciones para analizar un tema problemático. Su propósito editorial era: “… abundar sobre un tema clínico preciso abordándolo desde diversas perspectivas”. En ese sentido es que el nombre que elegimos para la revista, Vertex, es tributario de una doble etimología: el punto más alto del cráneo (que juega con la craneometría y las localizaciones cerebrales) y un torbellino (¿de ideas?) o el punto más alto desde el que se contempla un paisaje.

    La tercera, "El rescate y la memoria", apuntaba “a llevar a nuestros lectores textos de los fundadores de la psiquiatría frecuentemente inhallables en nuestras bibliotecas. Ellos serán elegidos a la vez por su interés científico e histórico” […] “También tendrán cabida en esta sección -decíamos- documentos y testimonios de la historia más reciente de nuestra especialidad en la Argentina”.

    La cuarta sección, "Confrontaciones", de corte más periodístico, de opinión o polémico, se abría a la discusión, la actualidad y la información.

    Nos preguntamos mucho cómo hacer para no caer en una publicación ecléctica, sosa, sin toma de posición como no fuera simplemente la de propiciar el debate. A tal fin, nos pareció que nuestra tarea era fijar los límites de participación en el mismo, como quedó expresado en ese primer Editorial de la siguiente manera: “Como equipo de redacción, nos une la adhesión a una ética que recuerda el deber de recepción y acompañamiento del sufrimiento psíquico antes que una apresurada medicalización que, centrada exclusivamente en la supresión de síntomas, ahoga la dimensión humana de la locura”. Aludíamos así a nuestra fidelidad a una psicopatología atravesada por la subjetividad opuesta a un etiquetamiento basado en las codificación de síntomas, la fascinación por una psicofarmacología “curativa” en oposición a sintomática, y a una serie de maniobras psicoterapéuticas que se agotaban en las teorías del aprendizaje y lo que entendíamos como tecnologías del yo, cargadas de sugestión y “pedagogía normalizadora”.

    Tuvimos, también, la intención de crear un órgano editorial que trascendiera nuestras fronteras en una ida y vuelta permanente. La presencia de uno de sus fundadores en Francia, él mismo miembro en su país de un colectivo profesional muy coincidente con los principios rectores de Vertex, nos garantizaba un canal de aportes y difusión de otras latitudes a partir de ese eje franco-argentino. En la primera época Dominique Wintrebert obtuvo en Europa contribuciones de gran nivel para la revista bajo la forma de entrevistas y artículos solicitados a figuras importantes de la especialidad.

    Cabe aclarar que la focalización en Europa obedeció no solamente al hecho de que residiera en ese continente sino también, y quizás como razón más importante, a que nacimos como publicación justamente en oposición al modelo norteamericano encarnado en el DSM III y la propuesta paradigmática que éste integraba. Sin embargo, esto no iba de par con el mantenimiento de una sumisión acrítica a las ideas de la psiquiatría europea. De allí que planteáramos con un espíritu francamente opuesto a la satelización generada por el colonialismo cultural: “Pretendemos también crear un intercambio permanente con otros países que vaya dando cuenta de desarrollos, investigaciones y experiencias útiles a nuestras actividades en Argentina y haga conocer las nuestras en el exterior”.

    Pero la intención prioritaria era recabar aportes a nivel nacional. Por eso decíamos que pondríamos “… especial hincapié en la participación e intercomunicación de colegas de todo el país”; y que “Las corresponsalías, garantizadas por aquellos que ya se entusiasmaron con esta propuesta, han comenzado a tejer la red que sustente ese trabajo”.

    En efecto, a tal punto la impulsamos que hasta publicamos algunos Suplementos regionales que surgieron de reuniones de corresponsales que convocábamos en ocasión de los congresos nacionales de APSA.

    Terminábamos el primer editorial diciendo: “Invitamos a todos aquellos que se sienten concernidos por el destino de nuestra especialidad a participar en esta experiencia dando su punto de vista, proponiendo trabajos, sometiendo a críticas a la redacción”.

    En suma, de estos breves comentarios se desprende que la “idea” de crear Vertex, lo que puede denominarse el “alma” de una publicación, se desplegaba en un programa, por así decirlo, que contenía articuladamente los siguientes propósitos: a) crear un espacio editorial nuevo en la psiquiatría argentina, independiente de asociaciones y organismos médico-gremiales y autofinanciado; b) abierto a las distintas orientaciones que atravesaban un campo psiquiátrico en crisis; c) que fuera un lugar de encuentro de todos los que embargados por una sensación de soledad intelectual, creyendo que eran los únicos que pensaban como nosotros, se encontraban dispersos y aislados entre sí; d) un lugar de debate que defendiera una perspectiva antropológica de la psiquiatría, articulando en el arte de curar las ciencias del espíritu con las de la naturaleza, teniendo como centro permanente la experiencia clínica; e) una reflexión que evitara los enfoques reduccionistas tanto como los eclecticismos “integrativos” fáciles; f) un producto inserto en la Argentina, en diálogo con el pensamiento mundial sin fascinaciones ni obediencias a los “centros de producción del conocimiento”; g) un órgano de la prensa científica que formara opinión entre los nuevos colegas; h) un medio de expresión de nivel nacional y no solamente porteño, que reflejara nuestras problemáticas y presentara nuestras soluciones para problemas locales; i) que abordara la clínica contemporánea utilizando como herramientas la investigación empírica y los aportes de la epistemología histórica de la especialidad y j) que los bordes de esa tarea estuvieran delimitados por una ética explícita en nuestra declaración liminar.

    A nuestro entender Vertex debía tener una identidad clara. Era una toma de posición, una apuesta intelectual que no esquivaba el bulto al desafío de hacer ciencia reconociendo que ésta estaba inscripta en la trama histórica, ideológica y política de su tiempo de la cual éramos protagonistas y, como editores, formadores de opinión, con toda la responsabilidad que tal propósito implicaba.

    La mención al “autofinanciamiento” en el primer punto es de una vital importancia para explicar la permanencia de la publicación durante treinta años. Desde el inicio pensamos que podíamos recurrir legítimamente a esos recursos por medio de la publicidad de la industria farmacéutica, ya que nunca se logró que las suscripciones alcanzaran para editar la revista, jamás llegaron, a pesar de todos los esfuerzos que hicimos, ni lejos siquiera (dado su bajo monto para hacerlo accesible a todos), a cubrir el costo de su producción. El problema ético del conflicto de intereses entre los contenidos de la revista y los objetivos del marketing farmacéutico, se resolvió obedeciendo a tres principios: a) aceptar solo publicidad explícita en páginas separadas de los textos, b) no aceptar artículos pseudocientíficos (denominados de pre-marketing o similares que constituyeran publicidad encubierta y 3) no aceptar por parte de los directores ningún tipo de soporte económico personal de la industria farmacéutica en el cumplimiento de ese rol, tales como pago de pasajes aéreos u hospedajes, inscripciones a congresos, o cualquier otra regalía. Esa conducta se vio facilitada por la relación con funcionarios de la industria farmacéutica que, respetando las normas éticas que mencionamos, se vincularon con nosotros con respeto y, en tiempos económicamente difíciles, con solidaridad y camaradería. Recordamos por ello a viejos amigos como Amilcar Obregón, Gustavo Ferritto y Luis Rilla, que supieron amalgamar las obligaciones de su trabajo con un apoyo decidido y transparente a la edición científica.

    Los principios que fundamentaron la identidad de la revista fueron consensuados con quienes aparecieron en el primer número de Vertex conformando el Comité Científico y la lista de corresponsales. Fueron inolvidables al respecto los encuentros con Noel Feldman, Pablo Zöpke y Carlos Solomonoff en Rosario, con Alberto Sassatelli, Exequias Bringas Núñez, José Rapella, Sylvia Bermann y Carlos Curtó en Córdoba, con Horacio Etchegoyen, Lía Ricón y Norberto Conti en Buenos Aires y con Pierre Nöel, Georges Lanteri-Laura y Bertrand Samuel-Lajeneusse en Francia.

    Otra característica fundamental para explicar la continuidad en el tiempo de la revista es que, obligados por las circunstancias y las normativas legales, respaldamos la publicación con la creación de una empresa comercial, la editorial Polemos, que con su desarrollo nos permitió seguir editándola y, simultáneamente, generar otras publicaciones (Clepios, una revista de Residentes de Salud Mental y Temas de Historia de la Psiquiatría Argentina) y editar un catálogo de cerca de doscientos títulos que incluyó libros de autores argentinos para lectores argentinos y la Colección de Clásicos de la Psiquiatría compuesta por una veintena de volúmenes de la traducción al castellano de los principales clínicos de la especialidad de los siglos XIX y XX desde los idiomas inglés, italiano, alemán y francés, sin parangón en la edición en lengua castellana y quizás mundial.

    Salimos a la calle, en aquel año 1990, con entusiasmo y pagando del bolsillo de los directores la casi totalidad de la edición de los tres primeros números. Recorrimos los servicios de los hospitales de Buenos Aires cuyos jefes de servicio eran amigos, presentando la revista. Poco a poco obtuvimos publicidades y fuimos pudiendo dejar de poner dinero para la impresión y los envíos postales. Daniel Spiguel, quien nos había aportado numerosas ideas muy creativas, se retiró del proyecto a fines de 1993 por razones personales.

    Ya en el segundo número aparecieron algunos corresponsales en el exterior y empezó a ampliarse el Comité Científico cuya cantidad y distribución geográfica no dejó de incrementarse, al igual que las corresponsalías, en los años posteriores.

    En el número 18 de enero-febrero-marzo de 1995, aparece por primera vez un Comité de Redacción formado por Norberto Conti, como Coordinador, y compuesto por dos miembros: Fabián Triskier y Sergio Strejilevich. En el número 22, de enero de 1996, se sumó al mismo Gabriela Jufe. Aparecido el número 29, y antes del número 30 renunció Sergio Strejilevich. En el número 30, de enero de 1998, entraron a la Redacción Eduardo Leiderman y Pablo Gabay, y en el número 33 de octubre-noviembre de ese año Martín Nemirovsky. En el número 40 de agosto del 2000 (10mo. Aniversario) se incorporaron Aníbal Goldchluk, Daniel Matusevich y Silvia Wikinski y en el 46, de enero del 2002, Martín Agrest. En el número 58 de enero del 2005 se incorporó Ernesto Wahlberg, y con la aparición del número 59 del mismo año, fue el turno de Santiago Levin y Alexis Mussa. En el número 64 de diciembre del 2005 Goldchluk pasó al Comité Científico. En diciembre de 2007, con el número 76, entraron Claudio González y Esteban Toro Martínez y en junio del 2008, con el número 79 se incorporó Federico Rebok. En el número 98 de agosto del 2011 entró Patricio Alba. En enero del 2012, con el número 101 entraron Juan Costa y Hugo Pisa, y en octubre de ese año, con el número 105, Daniel Vigo quien, posteriormente, ha tomado una corresponsalía en los EE.UU. Pablo Gabay y Claudio González dejaron de integrar el Comité en 2015. La última colega en incorporarse fue Natalia Fuertes en el año 2016.

    El grupo así conformado operó como un verdadero “pensador colectivo” que nos enriqueció de manera formidable. Todos sus miembros fueron aportando su profundo conocimiento de distintos aspectos de la especialidad, contribuyendo con artículos y coordinando los Dossiers. Una verdadera usina de ideas y propuestas fue desgranándose a lo largo de nuestras más de 250 reuniones de Redacción, y de otras incontables horas de intercambio informal a lo largo de estos treinta años.

    Este número aniversario reproduce los artículos que cada uno de los miembros de la actual Redacción eligió como el más representativo de sus aportes a Vertex publicado en algún momento de su colaboración con la revista.

    Para acentuar nuestra voluntad innovadora buscamos desde el inicio una estética diferente a la de las revistas científicas tradicionales: formato fuera de la norma habitual, tapa en colores e ilustraciones en tapa y en el interior. Esas ideas surgieron del aporte generoso del Lic. Alfredo Saavedra, uno de los pioneros del diseño gráfico en la Argentina, quien nos donó la primera maqueta de la revista. La revista Nervure dirigida a la sazón por François Caroli, que había tenido por esos años un gran éxito en Francia también fue una fuente de inspiración en ese sentido. Poco después revistas europeas y norteamericanas adoptaron el mismo criterio; no imitándonos, por supuesto, nuestra megalomanía no va tan lejos, aunque es cierto que Vertex se anticipó a una corriente del diseño gráfico en las publicaciones psiquiátricas.

    No se puede dejar de mencionar que la factura de la revista se benefició desde hace muchos años con la coordinación editorial atenta e inteligente y las sugerencias y observaciones siempre pertinentes de Carolina Pangas y la inspirada selección de obras de pintores argentinos contemporáneos para la ilustración de tapas realizada por la artista Paula Brass.

    Tanto la Dirección de la revista, como la indispensable secretaría de Redacción, asumida con tesón, paciencia y efectividad por Martín Nemirovsky, como el trabajo de todos los miembros de la misma fueron realizados siempre en forma honoraria. Solo la corrección técnica de las galeras recibió un modesto estipendio por las horas suplementarias de trabajo que insumía. Siempre entendimos que ese trabajo era nuestra forma de contribuir al engrandecimiento de la psiquiatría y la cultura locales.

    Al cabo de una década de existencia la revista se había ganado un lugar central en la edición psiquiátrica argentina y contaba con reconocimiento internacional (véase a tal efecto los autores del número 40 y la lista de adhesiones a nuestro décimo aniversario). Vertex fue indexada, a poco de salir, en la base de datos del Sistema Latinoamericano y del Caribe de Información en Ciencias de la Salud (LILACS) y, desde 2001, en MEDLINE.

    Con la crisis del año 2001 estuvimos a punto de caer, pero una generosa donación de la Fundación Kaleidos, presidida por nuestro amigo y colega Ricardo Gorodisch, un préstamo de otra colega, Mónica Serebriany y otro de nuestra inolvidable diseñadora, Mabel Penette, una de las primeras impulsoras de la Asociación de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas desde los tiempos de la dictadura, junto a la incansable y lúcida gestión administrativa de la gerente de la Editorial Polemos, María Pía Stagnaro, nos permitieron reflotar el proyecto.

    Como se dijo al principio nuestra revista surgió como una idea que quería expresar una corriente de pensamiento de la psiquiatría en una coyuntura particular de la historia de la especialidad y en el contexto cultural de una época.

    Los datos de la realidad contemporánea han cambiado dramáticamente desde la aparición de Vertex. No es el mismo contexto internacional, no es el mismo contexto nacional, y no es el mismo contexto de la especialidad, ni en el mundo ni en la Argentina. Efectivamente, venimos diciendo que en el cambio de siglo transitamos una transformación tan singular como total de la cultura; es decir, una ruptura de su paradigma en el más amplio sentido de la palabra, una verdadera crisis epocal.

    No se trata de un bache coyuntural que se da en un proceso más o menos homogéneo que llega a un límite dentro de su propia estructura y devenir y genera cambios parciales, o más o menos superficiales, para recuperar, luego, su statu quo ante. Tampoco a las crisis de paradigma de una ciencia o de una disciplina en particular; o las llamadas crisis cíclicas del capitalismo, o las crisis políticas del siglo XX como consecuencia de las guerras mundiales o las de la ciencia o a las de la psiquiatría, en particular, como las definió Lanteri-Laura.

    El desarrollo vertiginoso del conocimiento tecno-científico, los problemas ecológicos, las formas de producción robotizadas, la predominancia del capitalismo financiero, los medios de comunicación concentrados y multiplicados por las redes sociales construyendo conciencia a golpes de post-verdades, la crisis de los Estados-nación y las conformaciones regionales de países que se arman y desarman al calor de guerras por el predominio de los más fuertes, la persistencia de grandes masas de la población mundial bajo la línea de pobreza y las migraciones generadas por la miseria, conforman un panorama que exige un cambio de rumbo para la humanidad. La irrupción del nuevo feminismo, los cambios subjetivos en la sexualidad, el protagonismo que reclaman las asociaciones de pacientes y familiares, interpelan a la psiquiatría.

    Lo que adviene se perfila como radicalmente distinto a lo que había. Es inconmensurable con lo anterior. Para ilustrarlo, quizás se la pueda parangonar con la que vivió el hombre europeo en el Renacimiento. Hoy, puesto más en evidencia por la pandemia del COVID 19, en un mundo cultural interrelacionado a nivel global y sumido en la incertidumbre, esos acontecimientos toman una dimensión planetaria. No hay actualmente campo del conocimiento o de la actividad humana al que no alcancen estos fenómenos que comenzaron a tornarse visible en las últimas décadas del siglo pasado.

    De aceptarse esta tesis sería lógico y comprensible que las concepciones sobre la locura, su definición y sus categorías, su tratamiento, las características de las instituciones y el rol de quienes se ocupan de ella, así como la actitud social en relación a la misma puedan estar en crisis y cambio.

    De todo ello se desprende, lógicamente, que para pensar un futuro posible de Vertex es necesario diseñar una propuesta renovada, acorde con los tiempos y fijar, como en el momento de su nacimiento, el programa editorial que guiará su derrotero.

    Como todo cambio social entraña una permanencia de lo antiguo en articulación transformadora con lo nuevo deberemos preguntarnos: ¿Qué conservamos de lo anterior? ¿Qué innovaciones introducimos para ser contemporáneos de nosotros mismos? ¿Qué posibilidad de concreción tendría ese proyecto?

    Es, como la continuidad de esta revista en tiempos de incertidumbre, una cuestión abierta.

    Al cabo de tres décadas de aparición ininterrumpida queremos, sobre todo, dar las gracias a todos los que nos han acompañado generosamente con sus escritos y con su atenta lectura.

    Juan Carlos Stagnaro - Dominique Wintrebert